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martes, 2 de diciembre de 2008

Oliverio una vez más: breve glosa


Oliverio piensa un poco, revive viejas lecturas en su cuarto y escribe que la vida es una “manifestación de lo absurdo”. Eso dice Oliverio una noche que ha quedado solo. Una noche de 1922, cuando en las calles se trenzan en riña los fantasmas húmedos del amanecer, y él los oye con su pipa bretoniana echándole cenizas al escritorio amodorrado, que tiene las piernas varicosas de tanto cargar el peso de la máquina de escribir y el torso de Oliverio.

Así principia la vida poética de Oliverio, si es que la vida (de la índole que sea) tiene principio en un solo hombre, y no es el devenir de la humanidad haciendo escalas en ciertos poetas que rompen el silencio del cosmos para renovar su curso y otorgarle nuevos sentidos cada vez.

Así principia la marcha de este poeta latinoamericano hacia la nueva geografía simbólica: marcha que aún no cesa, poeta cuyo gusto y euforia por su “etnia” latina lo lleva a denunciar, con justicia, que los estratos intelectuales (de los que era a la vez desertor y parte) “se resisten a admitir que América aporta un matiz inédito a la civilización occidental”.[1]

Pero el ávido Oliverio no se vence “ante el sabor inmóvil”, ante el gusto por lo establecido, ante la reproducción asexuada por fútil réplica; sino que prefiere la cópula, “la viva mezcla”, el tocar y tocarse.

Oliverio masturba su lapicera y eyacula poesía sensual. Nos habla de los senos en bandeja en un bar y lubrica los goznes de sus articulaciones para lanzarse a volar con una mujer con nariz de zanahoria.



NOTA:

[1] Nuestra actitud ante Europa, artículo aparecido en La Nación, en abril de 1937.


viernes, 28 de noviembre de 2008

El poeta y la sociedad


El artista de la palabra en la historia. El poeta en la ciudad. El artista y su eco y viceversa: el artista como eco de un pueblo y el pueblo como eco del artista; es decir: ¿el poeta crea sólo poemas o algo más?, ¿qué son pues los mitos en que basamos nuestros sistemas de pensamiento?, ¿qué es todo este contexto simbólico llamado lengua madre?

La palabra no cae del pensamiento de un solo individuo como fruta madura, tampoco de los objetos a que designan. La palabra nace de la experiencia común de los hombres unidos por el trabajo. Cuando los hombres dicen “sol”, no se refieren al sol que están viendo un viernes a la siesta entrando por la claraboya mientras se pegan una ducha: es ése sol, el de ayer a distinta hora, el sol de los judíos atravesando el desierto, el sol de Rembrandt, el sol de Borges ciego, el sol de los ciudadanos de al lado, el sol de un astronauta... Cada palabra es una infinita multiplicidad de seres, cada palabra agota en sí misma los infinitos estados de un cuerpo o de un concepto. Cada palabra es metáfora inconsciente, surgida en la comunidad.

El trabajo del poeta es crear metáforas deliberadas. Para ello toma de la palabra social esa cualidad múltiple, eso que la hace estallar de significados. La poesía es tan primitiva como el hombre moderno; la prosa es tan reciente como las instituciones. La prosa, sobre todo el ensayo, comprime el significado hasta unificarlo, de lo contrario las instituciones científicas, religiosas, sociales se vendrían abajo. La plurisignificación en un ensayo es confusión, oscuridad; en poesía es éxtasis, claridad inenarrable.

La poesía le devuelve a la palabra su estado salvaje.

El poeta, pequeño dios, crea a partir de la experiencia y de la palabra que la nombra. Un Dios con mayúscula crea a partir de la Nada; el poeta, dios creado, crea a su vez mundos dentro de mundos. Como dice Octavio Paz, una guerra heroica, una disputa familiar, un desengaño amoroso pueden estar tranquilamente en el pequeño mundo del poeta; él los toma y los hace canción, y a través del ritmo esa experiencia se repite durante una eternidad, para que otros hombres vivencien a Aquiles, a Edipo, a Dante.