miércoles, 24 de septiembre de 2008

Oliverio y su actitud ante los cordones umbilicales



NOTA PREVIA


En 1937 aparecen en distintas publicaciones los artículos de Girondo que apuntan su militancia como escritor; ellos son, entre otros, “El mal del siglo”, “Nuestra actitud ante Europa” y “Nuestra actitud ante el desastre”.

En estos textos expresa su posición radical ante el europeísmo: la de la autonomía de pensamiento, que debía suplantar esa ligazón para “... impedir que [Europa] nos contagiara el odio” y “... palpar la topografía de nuestro cerebro y de nuestro suelo, hasta hallarnos en condiciones de cumplir, con dignidad, nuestro destino.” (pág. 327)[1]

Una cita más del artículo aportará otro tanto:


... Aunque parezca increíble, y aunque lo sea, en todas las actividades y en todas las esquinas se encuentra gente cuya adhesión a Europa llega al extremo de plagiar el desastre. Son los mismos que niegan la existencia actual de una realidad americana o que la admiten, a lo sumo, como una posible gravidez de lo futuro. Son aquellos que, carentes de un acendrado apego hacia lo terruño, no coinciden que resolvamos nuestras dificultades con un criterio propio, ni que sustentemos otra ambición que la de que nos crezca la cola. Es inútil que empleen, todos los días, una fonética y una sintaxis que les pertenece...

(pág. 337)


- - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - -

La poesía no es más que un fenómeno del lenguaje en Oliverio. O, mejor, un fenómeno de la Vida: la poesía de Oliverio es una casa tachonada de pasillos, y a cada paso aparecen objetos (o sujetos cosificados) que se retuercen con un empacho de poesía. Oliverio es el dueño de esa casa. La Vida es su inquilina más contribuyente. Oliverio como arquitecto de la casa. El lenguaje como cemento, ladrillo, hormigón fuerte. El constructor crea con lenguaje no sólo la casa, sino también los objetos y sujetos que crearán las circunstancias, que crearán “lo cotidiano”, que crearán el mundo que después, ecuánimes espectadores de la edificación, montaremos en volúmenes con la etiqueta: “Obra completa de Oliverio Girondo”.

Oliverio crea la estructura y lo estructurado, lo instituido y lo instituyente. No se aferra a quijotescos embates en contra de la tradición literaria, acaso sabiendo que tarde o temprano su obra será parte de ella; tal como les sucedió a los vanguardistas del XX que, queriendo destruir la historia del arte, terminaron hoy siendo piezas de museo.

Octavio Paz nos informa que “El estilo es el punto de partida de todo intento creador; y por eso mismo, todo artista aspira a trascender ese estilo comunal o histórico.”[2] Góngora es barroco para la historia, pero su poesía es siempre algo más. Oliverio empieza, claro, por un estilo, por una técnica: el surrealismo[3], pero lo trabaja y perfecciona hasta hacerlo no un mecanismo “autómata”, sino un hecho racionalmente regulado[4]. El azar, lo inmotivado son elementos desmenuzados en su poesía hasta realizarse en objetos identificables: los poemas, que son lenguas dentro una lengua. “Aquella imaginación que —según Breton— no reconocía límite alguno” (Manifiesto, 1924) encuentra en Oliverio los límite de los propios movimientos coreográficos del poeta.

Esta imaginación, fundamental en el surrealismo, está presente durante toda la obra de Oliverio, pero como un bailarín que necesita que le marquen los pasos para seguir los ritmos de la poesía. La obra de Oliverio es un arte en movimiento, jamás anquilosado, danzante; lo muestran el empleo de imágenes como “senos que pasan”, “montañas que acampan alrededor” (con posibilidad, pues, de levantarse y emprender viaje), “mañanas que se pasean en la playa”, “trenes que saltan sobre el andén”, “faroles que te corren a patadas”, “casas que se arrodillan a los pies de una iglesia”, “sombras que pastan debajo de los árboles”, “árboles, casas, caminos que desertan”… Esta predilección por el movimiento puede también notarse en el afamado Poema 12 (Espantapájaros), donde la pasión, el amor, el sexo son articulados en setenta y dos verbos, prescindiendo de otras categorías de palabras.

De esta manera, Oliverio es vanguardista por estar a la vanguardia de la vanguardia europea. Él la toma y la reformula para darle el toque particular que merece Latinoamérica, porque, como ha dicho siempre, él confía en nuestra fonética y tiene plena seguridad de que esta parte del mundo le aporta una nota inaudita a la civilización occidental. No por otro motivo propone un “tijeretazo a todo cordón umbilical”[5].

Invito entonces a los lectores a rebanarse los cordones que nos atan a la cordura; a desautomatizar nuestros modos de actuar y pensar arraigados a los discursos envasados por los grupos empresariales, discursos producidos meramente con mayor sofisticación pero vendidos detrás del mostrador de la “revolución en las comunicaciones”. Y todo esto para qué: para encontrarse con el proceso poético de Oliverio. Allí la magia, la imaginación, los movimientos del alma de las cosas y de los hombres danzan para nosotros como en un espectáculo teatral.





NOTAS:

[1] Girondo, Oliverio, Obra completa; edición crítica y coordinación de Raúl Antelo, Editorial Universidad de Costa Rica, 1999.

[2] Paz, Octavio, El arco y la lira, Bs. As., F. C. E., 1967, pág. 17.

[3] El surrealismo es más que su técnica: es, según el Diccionario de Literatura Universal (Barcelona, Océano), “el único [movimiento] que partiendo de una estética llegó a cuestionar los fundamentos éticos de la sociedad y los sistemas de pensamiento vigentes en la cultura occidental”. Pero tomando este marco, digo también que todo movimiento comprende una praxis, un modo de llevar a la realidad inmediata acuñado por los sujetos que lo impulsan; en este sentido es que propongo recortar el elemento histórico del movimiento para quedarnos con su factura concreta, lo que impone manejarnos con la técnica del automatismo.

[4] Martín Prieto disentirá con la exégesis general de la obra de Girondo al anotar: “Es interesante destacar que lo que después fue visto como libertad es, en realidad, método, y lo que fue considerado emancipación de la retórica convencional es, por el contrario, su uso y profundización”. En Breve historia de la literatura argentina, Bs. As., Taurus, 2006, pág. 234.

[5] “Manifiesto de Martín Fierro”, en el Nº 4 de la revista, año 1924.

No hay comentarios:

Publicar un comentario